Si vas a Roma… decí que te llamás Rómulo

Cuando uno vive tanto tiempo en un lugar… ¿Se vuelve uno con el medio? ¿Cuál es el resultado de pasar tanto tiempo en otra ciudad, en otro país? Uno se “afrancesa” o se “alemaniza” o se “españoliza” a medida que pasa el tiempo en un lugar, o al menos eso dicen muchos.


Si vas a Roma, haz como los romanos”, dice el conocido refrán que se le acredita a más gente de la que uno podría nombrar (en mis búsquedas encontré que lo dijo un Monje en un año muy alejado de nuestros tiempos, y que tampoco quiso decir lo que dijo, sino que se fue desformando con el paso del tiempo, aunque por otra parte un profesor de alemán mio dijo que quien fuera el autor de estas palabras fue el Bardo mismo, Shakespeare). En fin... que quien lo dijera, lo dijo, y quien lo dice ahora soy yo. Este blog se va a transformar en una plétora de investigaciones etimológicas si continúo así (tiene una razón mi obsesión por eso, de cualquier manera)*.

El tema que quería tratar en esta entrada es otra inspiración repentina que tuve al encontrarme en la comida del día del hoy en el trabajo, en la que me sentaba con dos franceses, un alemán y un chino. Parece el comienzo de un chiste basado en clichés sobre nacionalidades, pero no... es una historia verídica. Es más puede tratarse casi como hasta de un problema de lógica. Un francés habla alemán pero con grandes dificultades y el otro no habla alemán para nada (nada irracional, desde mi experiencia), el alemán solo habla su idioma y el inglés y el chino habla alemán con fluidéz, chino (claro está) pero tiene enormes dificultades con el inglés, ya que nunca lo habla y lo mezcla con el alemán. Y yo, claro, que hablo todo menos chino. ¿En qué idioma se puede hablar en esa mesa, para que todos entiendan, sin volverse uno loco?  

En cualquier mesa alemana, en la que haya más de un alemán, y se esté comiendo. Va a haber un momento en el que habrá silencio. Es así, se concentra en la comida, lo fundamental y la razón por la que estamos sentados. Resalto este hecho y la gente a mi alrededor asiente. Se habla del clima, del trabajo, la pregunta habitual de “¿Qué tal el día?” y poco más. El francés explica que en su país, la gente suele hablar sobre comida. Un hecho tonto, pero sí, los temas sobre los que se hablan, la manera cómo se lo hace y la próximidad o el nivel de ruido varía enormemente de un país al otro. Habiendo estado en España, no recuerdo por un segundo haber sentido la paz del silencio, por ejemplo. Mientras que en Argentina (quizás por culpa mia también o la de mis amigos estruendosos), el nivel de voz es más bien alto. (Especialmente una persona que si lee esto, que seguro que jamás lo leerá, se debería sentir aludido). 

Es difícil y entretenido estar con gente que habla diferentes idiomas en la misma mesa, no lo voy a negar. Se da muy seguido este conflicto lingüístico en Alemania. Es una pluralidad que en Francia no vi muy seguido, quizás más que nada, por el hecho que los franceses no hablan otros idiomas, pero favorecido además por la verdad que todo el mundo que está en Francia quiere aprender francés. No sé, a mi modo de ver las cosas ambos idiomas (francés y alemán) tienen sus cualidades que los hacen idiomas increíbles. Lo que cambia radicalmente es la actitud de la gente que aprende el idioma en los países donde dicha lengua es oficial. No digo con esto que la gente “odie” al alemán, porque claramente yo soy el ejemplo de lo contrario ya que me fascina el alemán; si exisitiere una expresión tal, podría decirse que soy un fanático del alemán (pese a las palabras de Borges que le dedica una poesía un poco ambivalente... “Del diccionario, que no acierta nunca“ o „Te tuve alguna vez. Hoy, en la linde / De los años cansados, te diviso / Lejana como el álgebra y la luna.” El texto completo lo encuentran aqui: al idioma alemán de Jorge Luis Borges). Pero mucha gente, que viene a las tierras de Goethe por trabajo más que nada, tienen una lucha interna con el idioma en el que sus subconcientes se niegan a aprehenderlo. 

Si le hacemos caso a Darwin, la cualidad más importante que tiene la vida en si misma es su adaptación. Ya que si nos adaptamos, bueno... casi pseudo citando a Charles Darwin, morimos. Quien lleva una vida “buena” (por calificarla de alguna manera) es quien logra adecuarse mejor a su ambiente. Esto aplica a animales, personas, y en casos particulares a gente en nuevos edificios, en un trabajo nuevo, en una escuela nueva... o en un país diferente. 

Mimetizarse es una cosa, pero perder la esencia propia es otra. Siempre uno es uno, de eso no hay duda. Esté donde esté. Las experiencias que se viven, las personas que se conocen, los lugares que se visitan van cambiándonos a lo largo del tiempo. El mismo Sandro decía en “la vida sigue igual” (que hago yo citando a Sandro en una entrada, se preguntarán... si... un filósofo de la vida, créanme, aunque hizo bien en sacarse ese bigote): “Jamás se cumplirán, aquellas cosas que soñé, Pues en mi largo viaje, tantos sueños olvide, Mas tanto recogí, y ya tanto viví, que pienso hoy, que yo nada perdí”. Y por supuesto que “al final, la vida sigue igual”. 

Es una lucha diaria, adaptarse, cambiar o morir. Exagerando en la metáfora, claro. O es que acaso, ¿se puede mantener fiel a esos sueños que “alguna vez soñé”, sin al mismo tiempo traicionar los cambios que la vida presentan que son irrefrenables (casi como el tren Sarmiento)?  La vida sigue igual, claro, pero ¿de qué manera? Y para terminar finalmente con una pregunta profunda, ¿quiénes somos, o quienes o qué cosas nos hacen ser lo que somos? Seguiré adentrándome en esta cuestión, muy seguramente...     

*De las cosas que se dicen en Internet hay que tener cuidado, ya que muchas veces sucede que la información es falsa. Tuve la infortunia de enviar una frase de salutación navideña a una antigua profesora mía, con la que tenía una gran relación de respeto, pero que después termino siendo ella una persona completamente superficial, irrespetuosa, banal y muy alejada de la imagen idealizada que tenía (por no decir que fue una reverenda...). Lecciones que aprendí en la Universidad del Salvador, donde probablemente sigue trabajando: los profesores también son humanos (como los jefes en general) y tienen errores (ya que son humanos), defectos y pueden traicionar a cualquiera, como cualquier hijo de carnicero. Lecciones de vida (de las cosas malas de la vida) he tenido mucho en la USAL... probablemente siga hablando al respecto en otras entradas. 

La foto de la entrada la encuentran aquí.

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