Viaje a Estrasburgo: revisitando a Francia

La última vez escribí sobre Holanda, esta vez sobre Francia, y más precisamente, sobre la ciudad europea por autonomasia: Estrasburgo.


El viaje fue de solo 3 días, para poder aprovechar el feriado del 1 de mayo, día del trabajador internacional, que fue un viernes. Una información de color, es que el 1 de mayo se festeja por una revuelta obrera ocurrida en Chicago, en los Estados Unidos. Esta fiesta se festeja casi en la totalidad del mundo,… a excepción de los Estados Unidos. En este país se celebra el “labor day” el primer lunes de septiembre.

Volviendo al viaje, salimos en Bus para la ciudad de Estrasburgo desde Frankfurt, temprano el viernes, acompañados de una lluvia ligera que estaría con nosotros durante la mayor parte del viaje. En Estrasburgo, la estación de buses se encuentra en la otra punta de la ciudad de donde se ubica la estación central de trenes. Solo algunas empresas paran sus buses al lado de la misma en una calle que no da para ese tipo de buses. Pero bueno, son rebeldes.

Teníamos reservada una habitación a través de Air B&B, que fue una buena idea, tanto por la ubicación del departamento, como por el precio. Ahora bien, al llegar, se trataba de un sexto piso, sin ascensor. Al llegar, casi sin aliento, el departamento era moderno, dentro de lo que cabe, y estaba en buen estado. Una de las camas se encontraba en un pequeño altillo, el cual me hizo doler los pies a cada paso que daba, y lo que me llevó a tomar la decisión de dormir en el sillón/ cama que se encontraba a la altura del piso.

El otro tema fue el baño, el cual incomodó bastante (fui con mi novia y un amigo francés) porque las puertas eran de papel (metáforicamente hablando) y el techo no era 100% cubierto, sino que eran grandes maderas que servían de techo. El resultado era que cualquier ruido que se hiciera ahi adentro, hacía eco afuera. La consecuencia de este hecho fue que nadie quería ir al baño en el departamento. La solución fue tomar “alguna cosa” en algún café cada tanto, para quien lo necesitara, fuera a piacere al baño.

El primer día nos lo pasamos caminando bajo la lluvia. A mi me gusta la lluvia y me gusta caminar mojado. Pero la lluvia era copiosa e ibamos a caminar por un buen rato, con lo que al final compramos dos paraguas “I love Strasbourg”. Algo útil y un souvenir, todo al mismo tiempo. Visitamos la Petite France, la catedral (que se llama también Notre Dame) y un poco del centro de la ciudad donde todo el tiempo estuvo abierto en su totalidad los negocios (recordando que nos fuimos para Francia por el feriado del día del trabajador. En Karlsruhe y en Frankfurt también estaba todo abierto).

El departamento tenía tres bicicletas que podíamos usar, con lo que el sábado, que no llovió durante el día, aprovechamos para dar una vuelta por toda la ciudad. Pasamos por el parlamento europeo que ese día tenía la jornada de las puertas abiertas, pero que para nosotros permanecieron cerradas porque había una cola de 2000 personas. Vimos el edificio de afuera, aunque sea.

Pasamos también por un parque que se llama “Parque de l’Orangerie” que es muy grande y tiene grandes espacios con lagos, ideal para pasearlo en bicicleta. En el centro hay un lugar que es el pabellón Joséphine, construido en honor a la Joséphine de Napoleón. Fui lindo porque era una casa grande en la que pudimos ver unas cigüeñas en una de sus chimeneas. Para quien no lo sepa, las cigüeñas son el símbolo de la ciudad de Estrasburgo.

Y luego, también en bicicleta, nos fuimos por el puente europeo hasta la ciudad alemana de Kehl. El puente une Alemania con Francia, y al pasar de un lado al otro, uno nota las diferencias en seguida. La ciudad de Kehl es muy pequeña y se ven franceses comprando como locos por todos los negocios. Los productos, especialmente algunos como el tabaco, tienen menos impuestos en Alemania y son por ende más baratos.
Volvimos en bicicleta para Francia, para terminar el día comiendo salame con queso, con una baguette y una botella de vino de la Borgoña (que no es de mis favoritos, pero bueno). Como anécdota, debido al água que había caído en esos días y paseando cerca de las vias del tranvía, mi novia se fue al suelo estrepitosamente. No se si es peor caerse uno mismo al suelo o ver a alguien que se quiere caer. Lo mejor sería que nadie se cayera y punto. Pero hay veces que las cosas son inevitables.

El último día nos fuimos a un restaurante donde servían Flammkuchen “à volonté” por 12€, es decir, libres. Las Flammkuchen son como un estilo de pizza muy fina, que llevan crema y panceta, y diferentes tipos de quesos, según que tipo se pida. Y “à volonté” significa comer todo lo que se pueda.

Al volver, corrimos como locos para llegar al bus, el cual salió dos minutos antes de nosotros llegar. Discutí con el conductor desde la calle, haciendo gestos, él y yo, sin ningún éxito, ya que nos abandonó, dejándonos mojados por la lluvia, empapados de sudor, y en calor, por todo lo que corrimos y por la bronca de haber perdido el transporte. Tuvimos que volver en tren, pagando extra el traslado, claro.

Experiencia rica en gastronomia, deporte, y en cosas que hay que tener en cuenta cuando se viaja: ¡salir con tiempo para tomar el bus!

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